| MEMORIA DE UN VIAJE INTEROCEANICO
Es cierto. Se puede llegar desde la orilla del mar hasta el Cusco en carro y en poco menos de un día. Claro; dependiendo del chofer, del carro y del soroche.
San Juan de Marcona es un puerto pequeño, de los que llaman caletas y del que se habla poco en las guías de viajero. Sin embargo, resultó inolvidable para los miembros de la primera expedición a Iñapari, el Raid de la Interoceánica, allá por el mes de junio.
La gente salió al encuentro y ocupó ambos lados de la berma, en el tramo de la carretera que llega al puerto. Nadie imaginó que esta escena se repetiría una y otra vez, cada vez que llegábamos a lugares apartados, pero llenos de esperanza al vernos pasar.
El tramo Nazca Cusco obliga pasar por Pampa Galeras; una reserva natural de vicuñas y primer síntoma de que las playas van quedando atrás.
Con las horas, la Cordillera comienza a pronunciarse y el asfalto se parece a una serpiente negra que trepa y se esconde después de alguna colina.
Aquí es cuando empieza el soroche.
Es cotidiano para la ruta encontrarse con pobladores vestidos de vivos colores. De hecho, el traje de gala en las mujeres es de color negro, con aplicaciones muy vistosas, predominantemente en rojo. Cuando esto ocurre, significa dos cosas: hay fiesta y estamos llegando al Cusco.
Describir aquella vista de vieja la capital del imperio, desde lo alto y en la noche es, francamente, imposible. Baste con decir que yo era de los pocos que creía conocer al Cusco por la cantidad de impresos y páginas webs vistas del lugar. Sólo cuando lo vi por primera vez, entendí que todo este tiempo había vivido equivocado y que todas las descripciones leídas eran nada comparada con la sensación de ver aquella cuidad, pequeña y a la vez grandiosa, desde la lejanía de la carretera, por la noche.
Después del Cusco comienzan los problemas. O quizá las grandes soluciones. Para entender la geografía diré que la cordillera, de pronto, comienza a perder el marrón de la tierra y lo plano inclinado de la chacra. En su lugar, plantas, árboles, insectos, foresta, ruidos, animales… es lo que se llama selva alta y no es otra cosa que la misma jungla, pero en terreno abrupto.
Uno encuentra poblados de nombres extraños; uno se llamaba quince mil y otros tantos cuyos nombres se mezclan entre santos (San Gabán) y dialectos raros que no nos suenan para nada (Iñapari).
Es imposible hacer la ruta Cusco – Puerto Maldonado en un día y en un auto convencional. Aquí, los pilotos deben echar mano del snorquel, una suerte de tubo que va desde el motor y trepa por la puerta del piloto hasta el techo (lo que le permite al motor “respirar” y seguir tragando aire cuando se cruza un río.
Dormir en selva alta es una experiencia distinta a la que pudiera ofrecer cualquier hotel del mundo. Dos verdades: Hace frío y uno se siente más pequeño en medio de tanta vida. También se siente esa vulnerabilidad extraña de ser presa de algún animal o insecto. No basta el repelente… hay un tema de confianza.
Confianza que se pone a prueba cuando hay que cruzar ríos sin puentes. Es rodearse de agua, escuchar a las llantas raspando la grava, sentir el motor en cu máxima potencia, tener el corazón a altas revoluciones, saber que no se puede salir sino por la ventana, ver como el agua marrón claro empuja y arrastra ramas delante de uno, recordar que no existe la opción deshacer en la vida real y que cuando el río tapa las llantas solo hay un camino posible. Adelante.
Y es que en la selva faltan puentes. El más significativo es el río Madre de Dios, que obliga a los pilotos alquilar barcazas pequeñas a las que trepan ayudados de rampas y trasladan víveres, gente, camionetas y hasta ómnibus de un lado a otro de la orilla.
Antes de llegar a Puerto Maldonado son obligatorias las paradas en las impresionantes caídas de agua que formar riachuelos (cuando son pequeñas) o grandes desbordes que detienen el tránsito “hasta que pare de llover”.
Cuando llueve en la trocha, esa tierra afirmada se vuelve blanda y cualquier intento de pisarla implica ser absorbido por ese barro rojizo que se deja vencer por el peso de una persona. Imagínense si es un camión lo que camina por allí.
Los grandes surcos en la vía no son fabricados por cargadores frontales sino por el mismo recorrido de los transportistas, que no tienen más remedio que seguir la huella o tomar ese domo que fabrican los camiones de tanto andar.
La interoceánica termina luego de Puerto Maldonado, en una llanura que se extiende hasta en corazón del Brasil. Iñapari es el último lugar del Perú antes de que en los avisos y en la señal de tv predomine el portugués.
Es extraño pero cuando se llega a la meta, uno recuerda con un cariño raro las dificultades del camino. Es cierto que hoy por hoy, la carretera Interoceánica es el equivalente a una travesía; algo así como el Paris Dakar. Sin embargo, aquello que nos puede parecer increíble por lo exótico y arriesgado dará paso, con la carretera, al desarrollo de muchos peruanos pues tendrán acceso a eso que llamamos medicinas, libros, alimentos, ropa… eso mismo que aquellos decían cuando miraban: esperanza e ilusión.
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